Para que crear una empresa cueste 100 € (y no 1.500) y lleve entre uno y cinco días. Vivan los burócratas. Y el gobierno. Unos cracks.

Ayer, caprichos del destino, pusieron la gran película Juana la Loca en la tele. A Juana le falta el salero de la malagueña, pero el drama es el mismo. Los paralelismos con la historia que han vivido estos meses en la casa de Gran Hermano son algo más que una coincidencia, es la naturaleza humana, el tropezar con la misma piedra generación tras generación.

Indhira. Atormentada por una pareja que envía constantemente mensajes de no compromiso y de deseo hacia otra consursante (Carol). Indhira se ve traicionada, pero de forma sutil, intermitente, desquiciante. A ojos del resto de la casa es una compañía incómoda, y no la apoyan. Un ‘lavarse las manos’ que acaba siendo un consentimiento tácito. Y así se ve Indhira, sin apoyo, sin respaldo, prácticamente sin consuelo. Condenada. Apartada como un apestado. Frente a una rival Carol que no necesita grandes compromisos de Arturo, bastan pequeñas miradas, pequeñas complicidades que fácilmente pasan inadvertidas en la casa excepto para Indhira. Evidentemente Arturo es un cobarde, y Carol es mezquina. Evidentemente Indhira está a otro nivel moral. Pero el promedio de la casa es el que es, y se ve desplazada y aislada.

Porque, ¿cómo explicar que esa mirada significa mucho más que una mirada? ¿cómo explicar la desesperanza de ver que la persona a la que equivocadamente quieres se te resbala entre las manos y se te escapa por más que te esfuerzas? ¿Cómo encontrar consuelo cuando la gente hace su vida y realmente lo único que busca es vivirla fácilmente, sin compromiso, sin posicionarse, sin arriesgarse?.

Indhira está loca. Mira que es exagerada. ¿Cómo puede comportarse así?. Madre mía la que ha armado. ¿Por qué se habrá puesto así? Parece el triunfo del cinismo. Pero sólo es una pequeña batalla la que ha ganado. Otra vez. Enfrente como siempre, el valor de enfrentarse a una realidad compleja, llena de matices, de detalles sutiles. Como siempre sólo unos pocos enfrente. Pero es una guerra mucho más profunda, mucho más importante, mucho más difícil. Y a corto plazo se pierde. Pero a largo plazo inevitablemente se gana. Porque es una  vida  superior. Y eso es inquebrantable. Como el sufrimiento que conlleva. Y la desdicha, la perplejidad de la incomprensión. Del ‘ésto no va conmigo, no tengo que comprometerme’ el lavarse las manos de toda la vida. La cobardía disfrazada de argumentos lógicos que son sólo justificaciones.

Pero esta historia no es nueva. Sin querer elevar tampoco a su protagonista a ningún altar. Pero al pan, pan. Y al vino, vino. Es sencillamente una guerra de valores, de valentías, de compromisos. Lo de Indhira parece poco, y esa es la trampa. Es la guerra de siempre, y va de lo mismo: valores. Que viene de Valor. Y no puede ser una casualidad.

Juana la Loca. Un marido que traiciona ese compromiso íntimo no escrito, difícil de describir, que sólo conocen los amantes.

Juana está loca. Indhira está loca. Apartémoslas. Resulta incómodo hacer lo que hay que hacer. Tomar partido. Y complicarse la vida. “no es asunto mío”  es el cómplice perfecto, mientras a la vez se señala y se dice “está loca, está loca”.

La poesía nunca fue un espectáculo de masas. Eso no va a cambiar. Pero nada va a poder con ella.

De derrota en derrota, hasta la victoria final. Esta frase no es mía, pero merece la pena robarla hoy.

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